El clip rojo

“Quiero cambiar este clip rojo por algo más grande o mejor. Un bolígrafo, una cuchara o quizás una bota. Si prometes hacer trueque conmigo, prometo ir hasta donde estés. Voy a continuar la cadena de intercambios hasta que consiga una casa. O una isla. O una casa en una isla. Imagínatelo”. Kyle MacDonald, un canadiense de 26 años, colgó este anuncio en la web de intercambios. Y meses después recibirá las llaves de una casa en Kipling (Saskatchewan), un pueblo canadiense de un millar de habitantes cuyo alcalde supo de la enloquecida cadena de trueques que MacDonald estaba realizando y decidió ofrecerle un hogar para que la publicidad del disparatado intercambio le ayudara a poner su pueblo en el mapa internacional.

Y es que hoy, si uno no es noticia gracias a Internet, no es nadie. Y si no tiene ideas para poner en práctica con la ayuda del ciberespacio, tampoco. “Vivo de alquiler, pero siempre quise tener una casa. No tenía dinero para comprarla, pero tenía un clip rojo”, explica MacDonald.

La idea surgió de un juego que Kyle solía practicar de pequeño en Vancouver: mayor o mejor. Consiste en recorrer el vecindario intentando cambiar cosas. “No sabía lo que podría tardar en conseguir la casa, ni siquiera si sería posible, pero pensé que si era persistente, al final la obtendría”.

Dicho y hecho. MacDonald primero cambió su clip rojo por un bolígrafo con forma de pez. Después lo que consiguió fue un pomo de puerta de cerámica, que le llevó a viajar hasta Seattle para recogerlo personalmente. Cambió un generador rojo por un barril de cerveza, y una moto de nieve que volvió a cambiar por unas vacaciones gratis en Yahk. A medida que los trueques se sucedían, MacDonald iba dejando constancia de ellos, viajando por Canadá y Estados Unidos para realizar los intercambios personalmente y haciéndose fotos con los protagonistas de cada transacción. Obtuvo un contrato con una discográfica, una cena con el cantante Alice Cooper y hasta un papel en una película que dirigirá el actor Corbin Bernsen. Eso fue lo que finalmente le llevó hasta la casa en la localidad de Kipling.

“Somos una comunidad pequeña y estamos intentando promover el turismo. Quién sabe, a lo mejor ahora la gente pensará ‘este pueblo suena interesante’ y decidirá mudarse aquí; sería maravilloso”, explicaba Pat Jackson, alcalde de la localidad, en el diario Daily Mail. ¿Y qué va a hacer el pueblo con un papel en una película? Pues convertirlo en el centro de una selección de carácter internacional para encontrar al actor que sustituya a MacDonald.

En Kipling le recibieron con todos los honores: le entregaron las llaves de la ciudad, le proclamaron alcalde por un día y ciudadano honorario, le dieron 200 dólares para que se los gastase en una buena juerga, y además le prometieron que construirían el clip rojo más grande del mundo en homenaje a su proyecto.

MacDonald, que hasta ahora repartía pizzas y plantaba árboles en Montreal para sobrevivir, sólo tiene un plan inmediato: pintar de rojo su nueva casa. Una pregunta pertinente es: ¿se acabaron los trueques? “La idea era parar aquí, pero…”, apunta MacDonald.

Estás a solo 14 “swapps” (trueques en Swapp), de conseguir lo que quieras. ¿Te atreves?

Pruébalo gratis –> SWAPP

“Quiero cambiar este clip rojo por algo más grande o mejor. Un bolígrafo, una cuchara o quizás una bota. Si prometes hacer trueque conmigo, prometo ir hasta donde estés. Voy a continuar la cadena de intercambios hasta que consiga una casa. O una isla. O una casa en una isla. Imagínatelo”. Kyle MacDonald, un canadiense de 26 años, colgó este anuncio en la web de intercambios. Y meses después recibirá las llaves de una casa en Kipling (Saskatchewan), un pueblo canadiense de un millar de habitantes cuyo alcalde supo de la enloquecida cadena de trueques que MacDonald estaba realizando y decidió ofrecerle un hogar para que la publicidad del disparatado intercambio le ayudara a poner su pueblo en el mapa internacional.

Y es que hoy, si uno no es noticia gracias a Internet, no es nadie. Y si no tiene ideas para poner en práctica con la ayuda del ciberespacio, tampoco. “Vivo de alquiler, pero siempre quise tener una casa. No tenía dinero para comprarla, pero tenía un clip rojo”, explica MacDonald.

La idea surgió de un juego que Kyle solía practicar de pequeño en Vancouver: mayor o mejor. Consiste en recorrer el vecindario intentando cambiar cosas. “No sabía lo que podría tardar en conseguir la casa, ni siquiera si sería posible, pero pensé que si era persistente, al final la obtendría”.

Dicho y hecho. MacDonald primero cambió su clip rojo por un bolígrafo con forma de pez. Después lo que consiguió fue un pomo de puerta de cerámica, que le llevó a viajar hasta Seattle para recogerlo personalmente. Cambió un generador rojo por un barril de cerveza, y una moto de nieve que volvió a cambiar por unas vacaciones gratis en Yahk. A medida que los trueques se sucedían, MacDonald iba dejando constancia de ellos, viajando por Canadá y Estados Unidos para realizar los intercambios personalmente y haciéndose fotos con los protagonistas de cada transacción. Obtuvo un contrato con una discográfica, una cena con el cantante Alice Cooper y hasta un papel en una película que dirigirá el actor Corbin Bernsen. Eso fue lo que finalmente le llevó hasta la casa en la localidad de Kipling.

“Somos una comunidad pequeña y estamos intentando promover el turismo. Quién sabe, a lo mejor ahora la gente pensará ‘este pueblo suena interesante’ y decidirá mudarse aquí; sería maravilloso”, explicaba Pat Jackson, alcalde de la localidad, en el diario Daily Mail. ¿Y qué va a hacer el pueblo con un papel en una película? Pues convertirlo en el centro de una selección de carácter internacional para encontrar al actor que sustituya a MacDonald.

En Kipling le recibieron con todos los honores: le entregaron las llaves de la ciudad, le proclamaron alcalde por un día y ciudadano honorario, le dieron 200 dólares para que se los gastase en una buena juerga, y además le prometieron que construirían el clip rojo más grande del mundo en homenaje a su proyecto.

MacDonald, que hasta ahora repartía pizzas y plantaba árboles en Montreal para sobrevivir, sólo tiene un plan inmediato: pintar de rojo su nueva casa. Una pregunta pertinente es: ¿se acabaron los trueques? “La idea era parar aquí, pero…”, apunta MacDonald.

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El Porsche de Steven

Steven Ortiz, de 17 años, consiguió un trueque entre un celular y un Porsche descapotable. Resulta que el joven de ascendencia latina soñaba en tener un deportivo, pero sólo contaba con las ganas y, algo fundamental en estas aventuras, ingenio y perseverancia.

La historia comenzó en 2008, cuando el capital inicial de Steven era de apenas un viejo teléfono que le regaló un amigo. A través de Swapp, y sin trucos de por medio, consiguió un teléfono de mejor calidad. Al día, pasaba unas horas buscando algún producto para intercambiar, hasta que obtuvo un iPod Touch.

Ya llevaba bastante terreno avanzado, pero todavía le faltaba para cumplir su anhelo. Después del iPod vino una bicicleta y después otra más, que la cambió por un MacBook Pro. Ahí vino un gran paso: un comprador incauto le cambió el computador por una camioneta Toyota 4Runner del año 87′.

Como no tenía licencia para conducir, Ortiz cambió la mega camioneta por un carrito de golf. Después de 14 “Swapps” (trueques en Swapp), se hizo de un Ford Bronco SUV, de 1975, considerado una verdadera joya para los coleccionistas y el que finalmente cambió por un Porsche descapotable del 2000.

“La clave es encontrar a las personas que anden buscando lo que tú tienes. Por ejemplo, el hombre que necesitaba un laptop tenía un auto extra, por lo que ambas partes obtuvimos lo que queríamos, y sobretodo la facilidad con la que se hacen los trueques en Swapp“, explicó Ortiz, un joven persistente que ya piensa cambiar el vehículo de lujo, debido a que no puede pagar su manutención.

Steven Ortiz, de 17 años, consiguió un trueque entre un celular y un Porsche descapotable. Resulta que el joven de ascendencia latina soñaba en tener un deportivo, pero sólo contaba con las ganas y, algo fundamental en estas aventuras, ingenio y perseverancia.

La historia comenzó en 2008, cuando el capital inicial de Steven era de apenas un viejo teléfono que le regaló un amigo. A través de Swapp, y sin trucos de por medio, consiguió un teléfono de mejor calidad. Al día, pasaba unas horas buscando algún producto para intercambiar, hasta que obtuvo un iPod Touch.

Ya llevaba bastante terreno avanzado, pero todavía le faltaba para cumplir su anhelo. Después del iPod vino una bicicleta y después otra más, que la cambió por un MacBook Pro. Ahí vino un gran paso: un comprador incauto le cambió el computador por una camioneta Toyota 4Runner del año 87′.

Como no tenía licencia para conducir, Ortiz cambió la mega camioneta por un carrito de golf. Después de 14 “Swapps” (trueques en Swapp), se hizo de un Ford Bronco SUV, de 1975, considerado una verdadera joya para los coleccionistas y el que finalmente cambió por un Porsche descapotable del 2000.

“La clave es encontrar a las personas que anden buscando lo que tú tienes. Por ejemplo, el hombre que necesitaba un laptop tenía un auto extra, por lo que ambas partes obtuvimos lo que queríamos, y sobretodo la facilidad con la que se hacen los trueques en Swapp“, explicó Ortiz, un joven persistente que ya piensa cambiar el vehículo de lujo, debido a que no puede pagar su manutención.


¡La ceguera mental humana!

¿Hasta que punto el ser humano puede ser capaz de no ver lo que tiene delante de sus narices? Reflexionando sobre la frase atribuida a Albert Einstein, “Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana”. Viendo como estamos gestionando todo el tema del cambio climático y sus consecuencias, he llegado a una conclusión. En mi humilde opinión, más que la estupidez, el principal problema de la humanidad radica en su gran ceguera mental.

El deshielo del ártico es una realidad y un serio problema que todos los países del mundo deberían abordar. Aunque pareciera que los grandes dirigentes mundiales, a su ritmo claro está, se pusieran  de acuerdo para acordar un plan medioambiental común, la aparición de Trump podría terminar con la disolución de la EPA (el organismo para la protección ambiental de EEUU) y el impulso de más energías fósiles. Y pese a los Acuerdos de París, las perspectivas no son demasiado optimistas. Pero frente a grandes problemas, la desesperación asoma…

Esta mañana leía un artículo de Gizmodo en la revista Earth’s Fututre, sobre una propuesta de unos científicos para salvar el ártico. Aunque técnicamente parezca compleja, su propuesta es relativamente simple. En mi opinión resulta un tanto absurda e innecesaria, sobre todo si  consiguiéramos eliminar la ceguera mental de la humanidad. Dichos científicos proponen la instalación de unos molinos boyas bombas en el ártico. La idea es que  una turbina movida por el molino de viento, bombee el agua de debajo de la capa de hielo hasta la superficie. Y una vez allí que las bajísimas temperaturas hagan el resto. De esta forma, se conseguiría aumentar el grosor de la capa de hielo en casi un metro, y consecuentemente aumentaría la resistencia del ártico frente al cambio climático.

Aparentemente la propuesta parece ingeniosa, e incluso podríamos llegar a tildarla de razonable. Si hacemos números, considerando que cada bomba sería capaz de cubrir 0,1 km2, y el área total del ártico es de 107 km2, nos encontraríamos con el problema de tener que instalar 100 millones de molinos-boyas-bombas, con un coste de trillones de dólares.

Señores… ¿qué tal si en lugar de intentar construir castillos en las nubes, nos centramos en mantener en pie los de tierra firme? ¿Realmente hay que evitar el deshielo del ártico? ¡Evidentemente sí! Pero empecemos por concienciar sobre el cambio climático, animemos a reciclar y consigamos reutilizar. Afortunadamente, vivimos en una época donde la economía colaborativa está en auge continuamente. Nunca había sido tan fácil contribuir en el cuidado del planeta. Con gestos como compartir un coche, una casa, cambiar algo que ya no usamos, etc. Estamos contribuyendo a reducir el cambio climático, y todo al alcance de un solo clic. Todos conoceréis Blablacar, en el sector del transporte. Airbnb, en el sector del alojamiento. Swapp, enfocado en los objetos del día a día, etc… Potenciemos las herramientas de las que disponemos y no fantaseemos con las que no están a nuestro alcance.

Hay que hacer desaparecer esa ceguera que a veces nos nubla la mente. Tenemos recursos suficientes para colaborar entre todos y conseguir ese objetivo, sin tener que proponer alternativas descabelladas. De cada uno de nosotros depende convertir las ciudades, en “smart cities”, ciudades que a través de las herramientas que la tecnología nos brinda, sean capaces de crear sinergias internas reduciendo el consumo innecesario. “Simplemente” hay que optimizar las ciudades, optimizar nuestro día a día, y créedme, es más difícil no hacerlo que dejarnos seducir por las fantásticas alternativas de la economía colaborativa.

Como colofón,  una reflexión final, ¿Qué tal si en lugar de intentar gastar trillones de dólares, empezamos a concienciar, reciclar y reutilizar utilizando las magníficas alternativas que nos traen las nuevas tecnologías y que tenemos a un solo clic? Depende de todos nosotros y no de unos molinos-boyas-bombas el cuidar y mantener sano nuestro planeta, y en consecuencia, nuestras vidas, y las de futuras generaciones. Solo hay que hacer “clic”, abrir la mente a las nuevas posibilidades y dejar que las sinergias entre nuestras necesidades sean el pan de cada día, y no un extraño evento a contar, en nuestro “road map”.

¿Hasta que punto el ser humano puede ser capaz de no ver lo que tiene delante de sus narices? Reflexionando sobre la frase atribuida a Albert Einstein, “Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana”. Viendo como estamos gestionando todo el tema del cambio climático y sus consecuencias, he llegado a una conclusión. En mi humilde opinión, más que la estupidez, el principal problema de la humanidad radica en su gran ceguera mental.

El deshielo del ártico es una realidad y un serio problema que todos los países del mundo deberían abordar. Aunque pareciera que los grandes dirigentes mundiales, a su ritmo claro está, se pusieran  de acuerdo para acordar un plan medioambiental común, la aparición de Trump podría terminar con la disolución de la EPA (el organismo para la protección ambiental de EEUU) y el impulso de más energías fósiles. Y pese a los Acuerdos de París, las perspectivas no son demasiado optimistas. Pero frente a grandes problemas, la desesperación asoma…

Esta mañana leía un artículo de Gizmodo en la revista Earth’s Fututre, sobre una propuesta de unos científicos para salvar el ártico. Aunque técnicamente parezca compleja, su propuesta es relativamente simple. En mi opinión resulta un tanto absurda e innecesaria, sobre todo si  consiguiéramos eliminar la ceguera mental de la humanidad. Dichos científicos proponen la instalación de unos molinos boyas bombas en el ártico. La idea es que  una turbina movida por el molino de viento, bombee el agua de debajo de la capa de hielo hasta la superficie. Y una vez allí que las bajísimas temperaturas hagan el resto. De esta forma, se conseguiría aumentar el grosor de la capa de hielo en casi un metro, y consecuentemente aumentaría la resistencia del ártico frente al cambio climático.

Aparentemente la propuesta parece ingeniosa, e incluso podríamos llegar a tildarla de razonable. Si hacemos números, considerando que cada bomba sería capaz de cubrir 0,1 km2, y el área total del ártico es de 107 km2, nos encontraríamos con el problema de tener que instalar 100 millones de molinos-boyas-bombas, con un coste de trillones de dólares.

Señores… ¿qué tal si en lugar de intentar construir castillos en las nubes, nos centramos en mantener en pie los de tierra firme? ¿Realmente hay que evitar el deshielo del ártico? ¡Evidentemente sí! Pero empecemos por concienciar sobre el cambio climático, animemos a reciclar y consigamos reutilizar. Afortunadamente, vivimos en una época donde la economía colaborativa está en auge continuamente. Nunca había sido tan fácil contribuir en el cuidado del planeta. Con gestos como compartir un coche, una casa, cambiar algo que ya no usamos, etc. Estamos contribuyendo a reducir el cambio climático, y todo al alcance de un solo clic. Todos conoceréis Blablacar, en el sector del transporte. Airbnb, en el sector del alojamiento. Swapp, enfocado en los objetos del día a día, etc… Potenciemos las herramientas de las que disponemos y no fantaseemos con las que no están a nuestro alcance.

Hay que hacer desaparecer esa ceguera que a veces nos nubla la mente. Tenemos recursos suficientes para colaborar entre todos y conseguir ese objetivo, sin tener que proponer alternativas descabelladas. De cada uno de nosotros depende convertir las ciudades, en “smart cities”, ciudades que a través de las herramientas que la tecnología nos brinda, sean capaces de crear sinergias internas reduciendo el consumo innecesario. “Simplemente” hay que optimizar las ciudades, optimizar nuestro día a día, y créedme, es más difícil no hacerlo que dejarnos seducir por las fantásticas alternativas de la economía colaborativa.

Como colofón,  una reflexión final, ¿Qué tal si en lugar de intentar gastar trillones de dólares, empezamos a concienciar, reciclar y reutilizar utilizando las magníficas alternativas que nos traen las nuevas tecnologías y que tenemos a un solo clic? Depende de todos nosotros y no de unos molinos-boyas-bombas el cuidar y mantener sano nuestro planeta, y en consecuencia, nuestras vidas, y las de futuras generaciones. Solo hay que hacer “clic”, abrir la mente a las nuevas posibilidades y dejar que las sinergias entre nuestras necesidades sean el pan de cada día, y no un extraño evento a contar, en nuestro “road map”.


Cadena de usos!

Cadena de usos!

La generosidad entre desconocidos  alegran la vida. Es indiscutible que las actuaciones y las actitudes consiguen cambiar el mundo. La mejor forma de transformar situaciones incómodas en circunstancias armoniosas, consiste en favorecer la correspondencia, es decir, contar con los demás, unir los extremos y favorecer la conexión.

Alguien de alma dadivosa y espíritu liberal, me proporcionó una chaqueta de tacto suave y convenientemente caliente. La necesitaba para mi viaje de fin de curso al Pirineo Catalán. A cambio, entregué unas botas de nieve que ya no me valían y unos guantes. Lo más curioso fue que los destinos de estas prendas fueron a servir a distintos usuarios. Ese detalle adquirido inesperadamente, facilitó el viaje. Disfrutamos de esa excursión y al finalizar tuvimos la determinación de cederlos a los alumnos del año siguiente. Desde entonces, en nuestro colegio, se facilita la asistencia a estos viajes sin el requisito previo de contar con todo el equipo necesario.

Lo que hoy cambiamos, se lo ahorramos al sistema. 

Trabajamos para crear una consciencia de sostenibilidad. Os recordamos,  que tener la oportunidad de conseguir algo lleva implícita la necesidad de compartir ese algo. Además de comprometernos a cuidar de ese objeto o de esa circunstancia, para que lo que yo tengo y uso lo pueda disfrutar otro posible usuario.

Cadena de usos!

La generosidad entre desconocidos  alegran la vida. Es indiscutible que las actuaciones y las actitudes consiguen cambiar el mundo. La mejor forma de transformar situaciones incómodas en circunstancias armoniosas, consiste en favorecer la correspondencia, es decir, contar con los demás, unir los extremos y favorecer la conexión.

Alguien de alma dadivosa y espíritu liberal, me proporcionó una chaqueta de tacto suave y convenientemente caliente. La necesitaba para mi viaje de fin de curso al Pirineo Catalán. A cambio, entregué unas botas de nieve que ya no me valían y unos guantes. Lo más curioso fue que los destinos de estas prendas fueron a servir a distintos usuarios. Ese detalle adquirido inesperadamente, facilitó el viaje. Disfrutamos de esa excursión y al finalizar tuvimos la determinación de cederlos a los alumnos del año siguiente. Desde entonces, en nuestro colegio, se facilita la asistencia a estos viajes sin el requisito previo de contar con todo el equipo necesario.

Lo que hoy cambiamos, se lo ahorramos al sistema. 

Trabajamos para crear una consciencia de sostenibilidad. Os recordamos,  que tener la oportunidad de conseguir algo lleva implícita la necesidad de compartir ese algo. Además de comprometernos a cuidar de ese objeto o de esa circunstancia, para que lo que yo tengo y uso lo pueda disfrutar otro posible usuario.


Economía colaborativa

Economía colaborativa.

Este tipo de economía de reciente expansión se basa en la confianza y la Colaboración. Actualmente ha visto la luz gracias a la coyuntura actual. La crisis mundial el paro y la pérdida de poder adquisitivo han propiciado su aparición. Vamos dirigidos a un universo en el que la superpoblación, y el agotamiento de recursos primarios nos está sensibilizando. Una posible solución a esta situación, abraza la idea del intercambio. Swapp se ha creado para aliviar esta saturación.

Nuestra ilusión ya no reside en poseer sino en compartir. Curiosamente, las nuevas generaciones no tienen interés en hacer de la posesión su meta. Mucho se ha hablado de su dependencia económica, de su estancia prolongada en el núcleo familiar. Ellos son los pioneros de esta nueva modalidad. No se distraen con prejuicios ni complejos. No necesitan la propiedad absoluta. Cambian de móvil, de pareja, de estudios o de casa con relativa facilidad. Viajan intercambiando casas, compartiendo habitaciones. La rutina les aburre, necesitan cambio constantemente. El estado de bienestar injustamente repartido les ha incitado a la rebelión.

Para disfrutar equitativamente, se ha puesto de moda el arte de  compartir. Esta plataforma brinda la posibilidad de disfrutar de lo impensable, haciendo un cambio. Prueba a compartir intercambiando y verás cómo cambia tu vida.

Economía colaborativa.

Este tipo de economía de reciente expansión se basa en la confianza y la Colaboración. Actualmente ha visto la luz gracias a la coyuntura actual. La crisis mundial el paro y la pérdida de poder adquisitivo han propiciado su aparición. Vamos dirigidos a un universo en el que la superpoblación, y el agotamiento de recursos primarios nos está sensibilizando. Una posible solución a esta situación, abraza la idea del intercambio. Swapp se ha creado para aliviar esta saturación.

Nuestra ilusión ya no reside en poseer sino en compartir. Curiosamente, las nuevas generaciones no tienen interés en hacer de la posesión su meta. Mucho se ha hablado de su dependencia económica, de su estancia prolongada en el núcleo familiar. Ellos son los pioneros de esta nueva modalidad. No se distraen con prejuicios ni complejos. No necesitan la propiedad absoluta. Cambian de móvil, de pareja, de estudios o de casa con relativa facilidad. Viajan intercambiando casas, compartiendo habitaciones. La rutina les aburre, necesitan cambio constantemente. El estado de bienestar injustamente repartido les ha incitado a la rebelión.

Para disfrutar equitativamente, se ha puesto de moda el arte de  compartir. Esta plataforma brinda la posibilidad de disfrutar de lo impensable, haciendo un cambio. Prueba a compartir intercambiando y verás cómo cambia tu vida.


Recicla Swappeando

Recicla Swappeando.

Voy a explicaros porqué me sumé al deporte de surfear navegando por las páginas virtuales del programa beta de Swapp. No tengo la costumbre de hacer donativos. Soy de los que si me encuentro con alguien pidiendo dinero por la calle, me dirijo al otro lado de la acera. ¡Lo siento! A mí me apetecería invitarles a un bocata, un café. Pero no suelen tener predilección por esos placeres, prefieren la tan codiciada plata. Monedas contantes y sonantes.

Para compensar mi tacañería, he de reconocer que siento mucho respeto por nuestro planeta. Creo que cuidar nuestra querida tierra es también cuidar de todos sus habitantes.  Me gustaría dejar un mundo mucho mejor de lo que me ha sido entregado. No tengo hijos, no creo en la  reencarnación, pero estoy convencido de que si cuido este increíble globo, si lo vigilo y lo mimo como se merece,  conseguiré ser generoso con los que vengan detrás de mí. ¿Porqué he decidido utilizar productos de Swapp?

He comprendido que cambiando lo que ya no uso por lo que puedo utilizar, contribuyo sin esfuerzo, a no consumir  nueva materia  prima. También ayudo a reducir el efecto invernadero y arrimo el hombro intentando combatir el  cambio climático. 

Te lo recomiendo, intercambia y ayudarás a sanar nuestro planeta.

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Voy a explicaros porqué me sumé al deporte de surfear navegando por las páginas virtuales del programa beta de Swapp. No tengo la costumbre de hacer donativos. Soy de los que si me encuentro con alguien pidiendo dinero por la calle, me dirijo al otro lado de la acera. ¡Lo siento! A mí me apetecería invitarles a un bocata, un café. Pero no suelen tener predilección por esos placeres, prefieren la tan codiciada plata. Monedas contantes y sonantes.

Para compensar mi tacañería, he de reconocer que siento mucho respeto por nuestro planeta. Creo que cuidar nuestra querida tierra es también cuidar de todos sus habitantes.  Me gustaría dejar un mundo mucho mejor de lo que me ha sido entregado. No tengo hijos, no creo en la  reencarnación, pero estoy convencido de que si cuido este increíble globo, si lo vigilo y lo mimo como se merece,  conseguiré ser generoso con los que vengan detrás de mí. ¿Porqué he decidido utilizar productos de Swapp?

He comprendido que cambiando lo que ya no uso por lo que puedo utilizar, contribuyo sin esfuerzo, a no consumir  nueva materia  prima. También ayudo a reducir el efecto invernadero y arrimo el hombro intentando combatir el  cambio climático. 

Te lo recomiendo, intercambia y ayudarás a sanar nuestro planeta.