¡Mi momento swapp!

¡Mi momento swapp!

 

Hacia ya tiempo que tenía una silla de despacho que no usaba. Me la compré para cursar mis estudios  universitarios. Terminada esa etapa, se me ocurrió subirla a una página virtual de venta de segunda mano.  Durante tres semanas no recibí ninguna oferta. La verdad, no tenía claro que sustituirla  por dinero fuera  lo que más me apetecía. Su incondicionalidad, me acompañó durante bastante tiempo. Me había proporcionado confort, seguridad y mucho relax. Merecía ser intercambiada por algo más complejo y valioso que el simple dinero.

Casualmente, me asomé a Swap. Entré en su web y me cautivó la idea del intercambio.

Fue entonces cuando comprendí que el destino de las cosas es curiosamente incierto. Ahora mi silla acoge a un nuevo estudiante, le acompañará fielmente en sus duros momentos de sacrificio y esfuerzo. A cambio, he conseguido un flamante cojín fabricado con tela de la India. Quién sabe si la magia intrínseca de los objetos, propiciará que la casualidad me mande un día a conocer tierras hindúes.

¿Hasta que punto el ser humano puede ser capaz de no ver lo que tiene delante de sus narices? Reflexionando sobre la frase atribuida a Albert Einstein, “Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana”. Viendo como estamos gestionando todo el tema del cambio climático y sus consecuencias, he llegado a una conclusión. En mi humilde opinión, más que la estupidez, el principal problema de la humanidad radica en su gran ceguera mental.

El deshielo del ártico es una realidad y un serio problema que todos los países del mundo deberían abordar. Aunque pareciera que los grandes dirigentes mundiales, a su ritmo claro está, se pusieran  de acuerdo para acordar un plan medioambiental común, la aparición de Trump podría terminar con la disolución de la EPA (el organismo para la protección ambiental de EEUU) y el impulso de más energías fósiles. Y pese a los Acuerdos de París, las perspectivas no son demasiado optimistas. Pero frente a grandes problemas, la desesperación asoma…

Esta mañana leía un artículo de Gizmodo en la revista Earth’s Fututre, sobre una propuesta de unos científicos para salvar el ártico. Aunque técnicamente parezca compleja, su propuesta es relativamente simple. En mi opinión resulta un tanto absurda e innecesaria, sobre todo si  consiguiéramos eliminar la ceguera mental de la humanidad. Dichos científicos proponen la instalación de unos molinos boyas bombas en el ártico. La idea es que  una turbina movida por el molino de viento, bombee el agua de debajo de la capa de hielo hasta la superficie. Y una vez allí que las bajísimas temperaturas hagan el resto. De esta forma, se conseguiría aumentar el grosor de la capa de hielo en casi un metro, y consecuentemente aumentaría la resistencia del ártico frente al cambio climático.

Aparentemente la propuesta parece ingeniosa, e incluso podríamos llegar a tildarla de razonable. Si hacemos números, considerando que cada bomba sería capaz de cubrir 0,1 km2, y el área total del ártico es de 107 km2, nos encontraríamos con el problema de tener que instalar 100 millones de molinos-boyas-bombas, con un coste de trillones de dólares.

Señores… ¿qué tal si en lugar de intentar construir castillos en las nubes, nos centramos en mantener en pie los de tierra firme? ¿Realmente hay que evitar el deshielo del ártico? ¡Evidentemente sí! Pero empecemos por concienciar sobre el cambio climático, animemos a reciclar y consigamos reutilizar. Afortunadamente, vivimos en una época donde la economía colaborativa está en auge continuamente. Nunca había sido tan fácil contribuir en el cuidado del planeta. Con gestos como compartir un coche, una casa, cambiar algo que ya no usamos, etc. Estamos contribuyendo a reducir el cambio climático, y todo al alcance de un solo clic. Todos conoceréis Blablacar, en el sector del transporte. Airbnb, en el sector del alojamiento. Swapp, enfocado en los objetos del día a día, etc… Potenciemos las herramientas de las que disponemos y no fantaseemos con las que no están a nuestro alcance.

Hay que hacer desaparecer esa ceguera que a veces nos nubla la mente. Tenemos recursos suficientes para colaborar entre todos y conseguir ese objetivo, sin tener que proponer alternativas descabelladas. De cada uno de nosotros depende convertir las ciudades, en “smart cities”, ciudades que a través de las herramientas que la tecnología nos brinda, sean capaces de crear sinergias internas reduciendo el consumo innecesario. “Simplemente” hay que optimizar las ciudades, optimizar nuestro día a día, y créedme, es más difícil no hacerlo que dejarnos seducir por las fantásticas alternativas de la economía colaborativa.

Como colofón,  una reflexión final, ¿Qué tal si en lugar de intentar gastar trillones de dólares, empezamos a concienciar, reciclar y reutilizar utilizando las magníficas alternativas que nos traen las nuevas tecnologías y que tenemos a un solo clic? Depende de todos nosotros y no de unos molinos-boyas-bombas el cuidar y mantener sano nuestro planeta, y en consecuencia, nuestras vidas, y las de futuras generaciones. Solo hay que hacer “clic”, abrir la mente a las nuevas posibilidades y dejar que las sinergias entre nuestras necesidades sean el pan de cada día, y no un extraño evento a contar, en nuestro “road map”.